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El Liberador de Bonsais
30th Jun 2011Posted in: Blog, Ficcion 0
El Liberador de Bonsais
Historias de esta vida y de la otra.

Se abrió el semáforo y crucé la calle una vez que aquel pesado dinosaurio terminó de pasar su bamboleante cola por el paso de cebra. Atravesé la calle y sin querer tropecé con un castor que mordisqueaba amigable la pata de palo de un pirata sin barco que pedía direcciones a una señora gorda y poseedora de un canalillo estremecedor.

Mi jefe tenía que estar de los nervios pues quedaban 30 minutos para la entrada al trabajo y yo no estaba allí. Con miedo a una reprimenda me sorprendí gratamente al ver que mi jefe no estaba y que la máquina del café estaba ardiendo.

Siempre odié el café de esa máquina y a mi dentista. De mi jefe ni hablamos. Todos tenemos un dueño y un perro dijo alguien una vez. Yo solo dueño. Y lo peor: tiene un Bonsái. Que me sodomice a mi tiene un pase y además, está amparado por las leyes democráticas que nos rigen. Pero que sodomice a un Roble y lo convierta en Bonsái…..Maldito.

Mientras observaba atolondrado el despacho de madera de caoba de mi jefe descubrí que algo se removía dentro de mi, aquella extraña sensación escondida en una urdimbre de sentimientos y anhelos por fin se mostraba ante mis ojos ignorantes, miopes, astigmáticos y aquejados de estrabismo multiforme que rodeados por unos lentes que una vez fueron hazmerreír de mis compañeros de clase, brillaban clarividentes: ¿Y si libero al Bonsái?

Frente a mi la puerta abierta de la oficina del jefe mostraba al Bonsái asoleándose tranquilo, apoyado precariamente en el saliente de una ventana abierta de par en par que me incitaba a apoderarme de él y liberarlo. Fuera como fuese, el caso es que antes de poder mover un dedo llegaron los bomberos que lo pusieron todo perdido de agua provocando todo tipo de cortacircuitos y obligándonos a cerrar la oficina hasta el día siguiente. La euforia surgió de manera espontánea en la oficina, algunos compañeros y compañeras habían comenzado a bailar y con el baile el consiguiente despelote y el tócame Roque y para cuando algunos estaban ya entrados en faena, llegó el jefe cinturón en mano repartiendo a diestro y siniestro….

¿Donde cojones está mi Bonsái?

De entre aquellos que estaban semidesnudos, un tipo gordito levantó su mano pidiendo la palabra dejando al descubierto un pepino del tamaño del mundo.

- Yo ví a los bomberos atizarle de refilón con la manguera y cómo el Bonsái se precipitaba al vacío desde su ventana.

- ¿Se dan cuenta?, ¿Se dan cuenta bola de mercachifles atolondrados? Gutiérrez tiene una respuesta porque es capaz de darlo todo por el concepto que quiero que sea el puto mantra de esta empresa: Mul-ti-tas-king. Que eso del si barro no jodo y si jodo no barro, ya no vale. Aquí como Gutiérrez, con un ojo al gato y con otro al garabato. Bien Gutiérrez.

Si la ventana era la que yo me pensaba estábamos perdidos. Don Ambrosio, mi jefe, no dudaría en pedir voluntarios para bajar al Matto Grosso para recuperar su Bonsái. El Matto Grosso era un patio interior muy soleado, ajardinado pero sin acceso alguno por ninguna parte salvo la ventana de mi jefe que se encontraba en el piso 120. Dicen por ahí que al arquitecto se le fue al olla y que se le pasó por completo el detalle dándose al alcohol desde entonces. Otros dicen que vive allí abajo, en lo más profundo del ecosistema selvático en que se ha convertido el patio.

Tal es la frondosidad del lugar que varios limpia ventanas que tuvieron la mala fortuna de resbalar y caer se perdieron para siempre entre aquel verdor. Lo que una vez fue un jardín es ahora un ente vivo donde se ha visto de todo. Sin ir más lejos el otro día vimos como un león devoraba una cebra y como dos hipopótamos copulaban con una dedicación pegadiza.

- Mmmmmmm… mesándose la barba Don Ambrosio dirigió su mirada en mi dirección y me puse a temblar. Barcenillas y Caudales, ustedes dos, que de Gutiérrez no puedo prescindir de momento.

A mi derecha y a mi izquierda los condenados comenzaron a despedirse de los compañeros, a llamar a sus familias, yo le pedí a Barcenillas con el que mantenía cierta relación, ya que a los dos nos apasionan los garbanzos y su crianza, que si lo veía que por favor liberara al Bonsái y lo plantara para que creciera sin cortapisas ni jefes rancios. Barcenillas asintió y se dirigió a la ventana. Tomaron cuerdas, dos móviles y un portátil, por el que, siguiendo las normativas de empresa, tuvieron que firmar en administración, y comenzaron a descolgarse por la cuerda. Los vimos bajar sabiendo que no volverían.

A la mañana siguiente recibí una petición de amistad en la red social de los criadores de garbanzos:

El Bonsái está hecho un roble. Cuelgo fotos. Barcenillas.

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